viernes, 4 de abril de 2014

IX y X Clase: La maqueta sonora



La filosofía de la coordinación
JOSÉ VASCONCELOS
Biblioteca de México


Preámbulo
El silencio es al sonido lo que la luz blanca al color. De la luz
natural salen todos los colores cada vez que opera el sortilegio del
prisma. Del silencio emergen sones cada ocasión en que las cosas se
mueven y chocan. De la entraña del silencio arrancan gritos de angustia,
o acentos de dicha y esperanza, los seres vivos, siempre que se
agitan y actúan.
En vez de la nada del sonido, su negación, el silencio, es la matriz
de todos los clamores. Sin silencio no habría notas así como no habría
colores si no existiese la luz. Y así como la luz es armonía y fusión
de todos los colores, el silencio es armonía y fusión de todos los sonidos.
Se equivocaron los pitagóricos al afirmar que la música de las
esferas suena; la música perfecta es silencio; tal y como el color se
disuelve en la armonía que es la luz.
No hay en la suma de los colores o en la síntesis aplacadora de
los sonidos, que es el silencio, ningún resabio de la unificación de
tipo abstracto. Las notas, los tonos diversos, los sonidos diferenciados
no se reducen, como si fueran casos particulares de un mismo género
a una sola esencia que sería el sonido. Entre sí y dentro de sus conjuntos,
las notas y los colores son individuaciones; no es posible traducirlas
unas a otras, ni siquiera conceptualmente; para desarrollo
de color o sonido es indispensable que subsista cada uno, la nota y el
color, fieles a sí mismos. Las imágenes rápidas que usa el cinematógrafo
son invariables, de otra manera no engendrarían la traslación
que, por continua y diversa, es creadora de algo que simula vida. El
movimiento gráfico significativo, nace de una concurrencia de heterogéneos,
no de la simia de sus partes. El orden que sin embargo liga colores y notas es muy distinto de un común denominador cualesquiera.
Si los colores no se conservasen auténticos, no engendrarían
la maravilla de la luz; si las notas no poseyesen estructura vibratoria
invariable, su entrecruzamiento armonioso no engendraría la ventura
del silencio. Se trata, pues, de fusión y unión de tipo no discursivo
sino armónico, no analítico, sintético: no aditivo sino heterogéneo y
coherente.
Las formas específicas del conocer como acción
Formas elementales y específicas del conocimiento, se nos manifiestan
en la actividad de todo lo que nos rodea. Examinemos la manera
cómo se desenvuelve el movimiento en los seres vivos. La primera
condición del movimiento creador, es el ritmo. En él hallamos
un modo de la acción y también un modo del conocimiento. Analicemos
la marcha del hombre: consiste de dos impulsiones desemejantes
que producen avance corpóreo. Adelántase el pie izquierdo y
le sigue el pie derecho; los dos impulsos heterogéneos se resuelven
en la unidad que llamamos un paso. Nos hallamos frente a una contradicción
palmaria de la matemática que nos dice que uno y uno son
necesariamente dos; en el paso hmnano, uno y uno combinados, nos
dan uno, un paso. Y si observamos un caballo que trota, veremos que
la acción acompasada de cuatro patas engendra un salto; de suerte
que el concurso de cuatro elementos dinámicos heterogéneos nos da
una unidad que es el salto. ¿Quién podrá negar, entonces, que cuatro
ya no es aquí igual a cuatro? ¿Qué haremos ante la evidencia desconcertante
de que cuatro es igual a uno? Lo cierto es que nos hallamos
ante un modo sui generis de conocimiento.
Postulamos en consecuencia una ley propia de la constitución del
vivir, el ser, a diferencia de la sola extensión geométrica. Uno y imo
si son diferentes en calidad como lo izquierdo y lo derecho, no dan
dos, sino una unidad nueva que engloba ambos y genera acción. Uno
más uno, más uno, más uno, o sean cuatro unos, diferentes en calidad,
pero concurrentes en un propósito vivo, vuelven a dar uno; pero
un uno de género superior, vital, activo.
¿Cuáles son las consecuencias filosóficas de estas verdades evidentes
como las de la matemática, sin embargo totalmente diferentes en
sus resultados? En seguida veremos que para explicarlas se hace necesario
un cambio radical de los métodos usuales de la filosofía.
De suerte que el gran predecesor de los que hoy investigamos el
problema de la filosofía de la coordinación es Empédocles. El habló,
el primero, de la combinación de los cuatro elementos; allí está el
secreto del ser, en la "combinación" de sus elementos constitutivos.
Dijo también Empédocles: "no intentes reducir la cualidad". Una filosofía
de calidades es la nuestra, en oposición a las filosofías abstractas
que, para abstraer, prescinden de las cualidades y los caracteres que
constituyen los seres.
La verdad es armonía de pensamiento y realidad; si tengo sobre
la mesa dos peras y dos manzanas y pretendo informar al que no las
mira, en forma simplificada, qué es lo que tengo sobre la mesa, diré:
tengo cuatro objetos, cuatro frutas. En este momento filosofo, si por
filosofía se entiende pensar por géneros, pero renuncio a concebir la
realidad conforme el orden que hace existir las cosas. Al decir cuatro
objetos, confieso el fracaso del lenguaje, el fracaso de la razón, el
fracaso de la abstracción. No quiero hablar de cuatro cosas; mi verdadero
deseo es comunicar al oyente el placer que me causan las dos
manzanas de tamaño desigual, de color peculiar, las dos peras de
lustrosa corteza apetecible. Tantas, preciosas particularidades, que se
contienen en cada cosa, tengo que sacrificarlas para decir cuatro objetos.
Si esto es hablar filosóficamente, hay que renunciar a la filosofía
y, sin embargo, ésta ha sido la filosofía: un sistema de esquematizaciones,
falsificaciones de la realidad. Sostengo que el modo de expresión
del artista, que pinta las manzanas, según el consejo de Empédocles,
sin sacrificar la cualidad, reproduciendo en imágenes la cualidad,
es más filosófico que el del intelectualisla, que lo reduce todo a entes
y números. El lenguaje de imágenes se sobrepone, cuando interviene
el artista, al lenguaje de las ideas abstractas y la expresión se perfecciona,
se complementa. Afirmo que el filósofo ha de ser el intérprete
de todas las expresiones, la conceptual, la pictórica, la musical, la
expresión sentimental, derivada de las conexiones de la cosa o el ser
con nuestra vida. Para lograr esta suprema síntesis no basta la razón;
hacen falta los aparatos varios de que dispone la conciencia para
conocer: aparatos que quizás se reducen a las tres categorías: apriori
mental racional, apriori ético, constituido por juicios de valor, y el
apriori estético que responde a las formas estéticas específicas: ritmo.
melodía, contrapunto. El contrapunto, ya lo hemos dicho, es el silogismo
de la estética, pero no equivale al silogismo, no puede ser reducido
a silogismos.
De donde resulta que esta filosofía estética que postulo, lejos de
ser confusa, aclara la confusión. Expresa la cosa en si, el elemento
irreductible a razón. El irracional que otros filósofos dejan sumergido
en tinieblas, nosotros lo deslindamos según categorías específicas, las
categorías de la estética. El orden de la belleza se construye en nuestro
sistema según el ritmo, la melodía, la armonía y su finalidad. La finalidad
se revela juzgando con la inteligencia y con la ética y la, estética.
Se alcanza así la finalidad absoluta que es belleza divina, en donde
se realiza la armonía de la dicha, infinita y eterna.
Factor de coordinación
¿Cuál es el tipo de unidad que alcanza nuestra filosofía? Una
unidad no matemática, una unidad compleja pero sostenida y organizada,
la unidad que da a nuestro vivir la conciencia.
Hay en la conciencia una raíz de orden sobrenatural. En ella lo
natural es participación, no es origen. La conciencia es un compuesto
trino y uno de pasado, presente y futuro; memoria, atención y previsión;
al mismo tiempo, quietud y movimiento; a un tiempo, noción
de cambio y certidumbre de fijeza. Este contrasentido original es la
causa de todas las perplejidades del pensamiento y todas ellas se aclaran
si logramos arrojar alguna luz en el misterio que nos permite vivir
según pasado, presente y futuro. La vida es acción y es también permanencia
y reposo. Es ésta una de las determinaciones de la Trinidad
que es ley intrínseca de todo lo creado. La Trinidad es el primer sistema
impar y conforme a él se construye todo lo que tiene existencia.
Por eso la verdad, toda verdad, es trina y una; por eso también la
verdad es coordinación, no identificación, a lo idealista.
Si reducimos la cambiante fijeza de la conciencia a su elemento
fijo, haremos idealismo y llegaremos a la absurda conclusión hegeliana
de que "el ser es la idea"; si nos quedamos con el cambio,
caeremos en el escepticismo de Heráclito que declara imposible la
verdad. Pero si hacemos filosofía de la coordinación, que respeta cada
factor y le busca el proceso concurrente, advertiremos que el cambio
tiene su estructura y su ley. Lo mismo en el orden físico del cambio.
que en el orden psicológico del fluir de la existencia en el tiempo;
ios momentos del cambio canalizan en las normas eternas de la razón,
la moral, la belleza. El ser resulta de la combinación, la armonización
de elementos dispares, en origen trinos. Luego, el ser se desenvuelve
dentro de los otros irreductibles que son: el cambio y la fijeza;
la idea y la sensación; la imagen y su armonía. Las imágenes expresan
la realidad mejor que las ideas; pero las ideas mantienen entre sí la
conexión que les da la lógica; las imágenes para hacer sentido deben
acomodarse al orden del Universo. No se rigen las imágenes por las
asociaciones mentales que imaginaba Hume, sino por las leyes de los
cuerpos que simbolizan; las imágenes que responden a los cuerpos
físicos, se gobiernan por las leyes de la física; las que corresponden
a la vida obedecen a las leyes de la biología y así sucesivamente, el
Universo es un sistema de zonas diferentes que actúan luia sobre otra
y sin reducirse una a la otra. El sistema actúa según armonía y proporción
subordinadas a un fin. La realización del fin último requiere
que cada quien ejercite su función propia, a fin de cumplir un destino
venturoso. El Cosmos no obedece al Uno abstracto de Parménides, sino
a la Persona Divina, persona compleja dueña de la plenitud de la
existencia y que a nosotros se nos manifiesta según la Trinidad de
Padre, Hijo y Espíritu Santo; el Creador, el Redentor y el Verbo
perenne que es sostén de los mundos.